Pocos placeres se había permitido Mila con los que disfrutase tanto como dar paseos por el jardín, hasta que dejó de hacerlo. Iba un día dando uno de los mejores, aprovechando cuanta desviación del camino le proporcionase un buen rodeo, cuando pasó lo que pasó.
Era un jardín pequeño, pero era el único al que tenía acceso desde su casa. Lo conocía tan bien que se obligaba a fijarse mucho para descubrir algo nuevo cada vez. Esa tarde se había detenido para observar una hoja tierna de hiedra que se asomaba insolente entre un cuidadísimo seto viejo. "No creo que te vuelva a ver" se despidió con ternura acariciándola, "a no ser que sepas ocultarte del jardinero a tiempo y no es propio de las hiedras ser discretas". Por algún motivo este pensamiento la hipnotizó unos segundos en los que notó cómo una pesadumbre antigua la rodeaba. Respiró hondo para salir del embrujo y ya se iba cuando escuchó de repente:
- ¡Ay, ay, ay!
Buscó el origen del lamento en todas direcciones y acabó volviendo sus ojos incrédula a la hoja de hiedra.
- ¡Ay, ay, ay! ¡Pobre de mí! -volvió a oír y esta vez le pareció que sonaba tan alto y claro sobre su cabeza que no pudo evitar mirar al cielo.
- Pero... ¿dónde estás?... No te encuentro -preguntó tímidamente empezando a inquietarse.
- ¡Aquí, aquí! ¿no me oyes?
Mila cortó la respiración para localizar la voz que seguía exclamando ayes sin parar. No podía ser, era absurdo, la voz salía del centro mismo de su pecho.
- ¿Aquí... dentro? -titubeó señalándose asustada el corazón.
- ¡Sí sí sí! ¡Ay, menos mal que me oyes! No sabes el tiempo que llevo esperando que descuides lo demás para que me atiendas a mí ¡Pobre de mí! -y siguió lloriqueando entrecortando los quejidos. Mila había oído hablar de las voces interiores, pero siempre creyó que era tan sólo una expresión. No estaba preparada para escuchar una de verdad sin dudar de su cordura y, a pesar de la pegajosa tristeza que contagiaba ese llanto, sintió mucho miedo y se esforzó en vencer su compasión para salir corriendo.
- ¡Ay! ¿Es que no vas a preguntarme qué me ocurre? - había un matiz de impertinencia en la voz y eso ayudó a que Mila hiciese acopio de toda su sensatez para tomarse el tiempo suficiente antes de responder: "No".
Empezó a caminar con paso rápido para salir del jardín y sin seguir fijándose en nada que no fuese el camino más corto, añadió como para sí:
- Si esto no es una broma o una locura, no hay nada de lo que te pase que desconozca, ni nada que pueda hacer para ayudarte.
- ¡Puedes escucharme! Aunque sea una vez... -dijo la voz mucho más lejana que antes-. Si hoy no quieres, pues, pues... otro día ¿sí?
- ¡No! -gritó Mila muy enfadada, sabiendo que posiblemente no podría volver a pasear por un jardín tranquila nunca más. Jamás se lo perdonaría ni se volvería a descuidar.
- ¡Ay, ay, ay! ¡No puedes hacerme esto! ¡Eres una tramposa! ¡Eres una tramposa! -pero fue inútil que la voz repitiese una y otra vez su reproche, porque Mila ya no la oía ni tenía intención alguna de volver a hacerlo.
Y, colorín colorado, a pesar de lo que ella crea, los paseos de Mila por sus jardines aún no han terminado. ![]()


:)
Bravo!.
Fuerza y honor.
Gracias Coronel. Te debo uno.
:-)