La Niña Mariana estaba ese día de cumpleaños. Sentada en su cama, miraba con cariño sus Cosas para Siempre. Llevaba tres años haciendo esta colección. La guardaba en una preciosa caja de latón con bonitos relieves que todavía conservaba restos de los colores con que fue pintada hacía mucho, mucho más de lo que ella imaginaba. Era la caja en la que su abuela había guardado sus Secretos de Cocina de Toda la Vida y que le había regalado a Mariana al cumplir los nueve años. “Cuídala”, le había dicho su abuela, “cuídala y cuidará de ti cuando yo ya no esté". Los Secretos de Cocina habían pasado a la madre de Mariana, pero ella había heredado mucho más que la caja.
Cuando le regaló este pequeño cofre de tesoros, su abuela había metido dentro lo que llamó las Tres Recetas Mágicas: la receta que detallaba los ingredientes imprescindibles para hacer Hermosa la Vida, la receta del elixir que garantizaba Saber Querer y la receta de su mejor postre (las Pastas de Aire Dulce) que podía usar para alegrar la mirada de quien lo necesitase, incluida la suya.
La Niña Mariana sabía que tenía en su poder cosas muy importantes y que debía guardar en su caja sólo lo que fuese de igual importancia. Y así había hecho hasta entonces, cada vez que encontraba o descubría algo con lo que quería seguir viviendo, lo guardaba en su caja. Al principio llamó a su colección las Cosas de la Vida, en espera de dar con un nombre más concreto, pero como su colección cada vez era más variopinta y tenía pinta de seguir así siempre, acabó pensando que el mejor nombre sería sin duda “Cosas para Siempre” y con este nombre se quedó.
Durante esos tres años, la Niña Mariana no le había contado a nadie lo que guardaba en su caja y nadie había husmeado en ella.
No es que la escondiese, pero tampoco la enseñaba. Pero ese día, el día de su duodécimo cumpleaños, mientras recontaba sus Cosas para Siempre, la Niña Mariana se sintió por primera vez triste por no compartir sus tesoros, así que se hizo una promesa: Cuando fuese toda una mujer, buscaría con la Lupa de los Latidos a alguien a quien poder contarle sus Cosas y, si antes de eso dejaba de ser niña, le regalaría su caja, sin pensarlo, a los
primeros ojos brillantes que encontrase. Guardó su Promesa en la caja y se sintió mucho mejor. Cerró con cuidado la tapa de latón casi pintada con bonitos relieves y corrió a soplar las velas de su deseo. Y, claro está, se cumplió. Se hizo mujer y siguió siendo niña y compartió sus Cosas con otros Latidos.
Y, colorín colorado, este cuento y el deseo de aire dulce, hace
mucho y poco que ha comenzado. 
No concibo mejor regalo que un cuento pensado y hecho a mi medida.
Si encuentras alguna manera con la que pueda agradecértelo dímelo, a mi sólo se me ocurre darte mil veces las gracias.
Ojalá mi pluma fuera mucho más hábil para poderte trasladar la ilusión que he sentido.
Un besazo, preciosa, te debo una enorme sonrisa.
De nada :-)
(8) Cuéntame un cuento y veras que contento me voy a la cama y tengo lindos sueños (8)
Me encanta este blog…lástima que ya no suelo entrar mucho. Pero hoy es especial: me he puesto hasta el cul… de chocolate (al que no le guste que no me vea….total, ya nadie lo hace) y me he dedicado a cotillear por los mundos cocteleras….y que casualidad…voy y te encuentro…. tramposa .
Pues eso…que sigo con los Celtas Cortos…hasta más ver….
(8) Cuéntame un cuento que ya creo que estoy soñando (8)
(8) Cuéntame un cuento con música voy viajando (8)
(8) Cuéntame un cuento que todavía no es tarde (8)
(8) Cuéntame un cuento que la noche esta que arde (8)
PD: Oyes que tontería…que cantando esta canción se me ha venido a la mente otra…la Haíssan en los Jardines de Palacio…te suena? No, verdad…si ya sabía yo…..
Besos, miles
Que putada...
todo el día en la luna, y enterandome de las cosas a destiempo...
cachis!