La Coctelera

Las armas del Coronel

Muchos momentos son recordados sin quererlo desde las oscuras cavernas de la memoria de un mundo tan viejo como la tierra, momentos en los que los Salvadores temieron ser inútiles guerreros. Muchas cruzadas acabaron en gloria después de esos momentos. Éste era uno de ellos.

Reunidos los Héroes de victorias pasadas alrededor de un único fuego, habían sido convocados por el temor esparcido de que uno de los suyos estuviera en peligro. Estaban todos menos uno, el imprescindible vigía cabeza de soldados y legendario cuidador del resto: el mal llamado Coronel.

Hablaban a la vez con sus voces de trueno, simultaneando los turnos y negándose al entendimiento. Y era de esperar que eso hiciesen los titanes invictos, pues cada minuto era uno perdido. El Sanador los había reclamado lanzando la llamada en todas direcciones y ahora esperaba nervioso poderse explicar. Uno de ellos, el más cercano al amigo ausente gritó por encima de los demás:
- Callad, callad de una vez. Dejemos que el Sanador nos cuente lo que sabe.

El hombre con vestiduras de monje y ojos de sabio se llevó la derecha al pecho y habló:
- Poco. Casi nada -su voz templada de paz se alzó sobre las cabezas-. Apenas vi su espalda pesada, como vencida, cuando se encaminaba a la puerta Oeste de la Montaña Sagrada. Creí que pretendía internarse en la Sala del Alivio, para descansar de todo, como tantos, pero cuando pasaron los días sin rastro de su retorno, empecé a temer que se hubiese dejado retener en el Pasillo de las Dudas. Y entonces recordé la extraña conversación que habíamos tenido la última vez que vino a consultarme. Habló de cansancio, de hastío, de dolor. Por eso decidí acercarme y acabar con la sospecha. Tardé más de lo querido en llegar hasta la mitad del Pasillo, pues como sabéis, las Dudas demuestran su poder nada más pisar su casa. Por fortuna, iba preparado y a pesar de la pesadumbre y del aturdimiento que se me abalanzaron con fuerza, llegando al límite de mi recorrido, me despejé lo suficiente para gritar todos los nombres del Coronel y reclamarlo. Fue cuando lo oí y cuando mi corazón se encogió con la certeza.
- Pero, ¿qué dijo? -bramó impaciente uno de los más nuevos.
- Nada a lo que se le pueda dar otro sentido que el que os ha reunido aquí.
- ¿Y por qué no lo arrancasteis de las garras de las Dudas? ¿Por qué no lo sacasteis del maldito Pasillo? ¡Te mataré viejo cobarde si le ha ocurrido algo!
El Sanador dirigió su derecha hacia el joven mientras un haz de luz violácea salía de su palma a modo de barrera. Movió la mano como si blandiese una espada y mirándolo con fiereza contestó:
- ¿Con qué iba a defenderlo de las Dudas? ¿Con esto? -y guardó el haz con su mano pegándola de nuevo al pecho-. No tengo poderes de guerra, yo sólo curo, por eso os he llamado. Aunque tampoco sé si vuestras armas serán suficientes.
- ¡Pero tú sabes remedios, controlas la magia de algunos secretos!
- Yo no puedo llegar hasta él. ¿Olvidas que los últimos tramos de las cuatro Puertas sólo se abren para los Guerreros?

Otra vez cien rugidos se superpusieron y otra vez la del único desarmado de hizo oír.
- No se puede partir en dos una sombra, ni se ensarta así como así un agujero. A eso os enfrentáis para rescatar a vuestro amigo, a oscuridades sin fondo en las que también os sentiréis perdidos, algunos ya sabéis de lo que hablo. Y mucho me temo que la Fórmula Infinito que le impide envejecer esté siendo un castigo añadido.

Y el silencio se hizo por contagio de lo dicho, y se instaló entre los valientes que estaban dispuestos a luchar, como siempre, aunque en ese momento, como en otros muchos, se temían impotentes.
- Estás diciendo, Sanador, que nuestras armas no sirven, que la destreza para la que hemos nacido no puede nada contra este enemigo. Si tú estás en lo cierto, nosotros perdidos, porque sea como sea iremos a por el Coronel y si perdernos todos es ese Pasillo es nuestro destino, que sea. De todas formas sin nuestro amigo ya estamos perdidos.

Nadie más habló durante los instantes que siguieron. En el primer minuto, el grupo de los Elegidos se buscaron las miradas para encontrarse el acuerdo único como su fuego, sólo uno, que eso eran antes de una batalla, todos uno.
En el minuto segundo se formuló también una sola pregunta para buscar el consejo antes de partir tras los pasos de su compañero, y en dos palabras contestó el Sanador:
- Fuerza y Honor.
Y con ellos se armaros todos.

Muchas noches se llenan contando cómo el grupo de Invencibles recuperó al hermano y él así su antigua envergadura, y cómo fue luego el Coronel quien tuvo que ayudar a muchos a salir del Pasillo de las Dudas. Sí, el Sanador acertó, eran las armas del Coronel lo único que necesitaban: Fuerza y Honor.

Muchos momentos debían ser desterrados de los fuegos de celebración por ser demasiado oscuros para las fiestas. Muchos momentos previos a una victoria. Pero éste, no.

Y colorín colorado, este cuento se niega a ser contado hasta que no se pueda llamar Leyenda.

Los jardines de Mila

Pocos placeres se había permitido Mila con los que disfrutase tanto como dar paseos por el jardín, hasta que dejó de hacerlo. Iba un día dando uno de los mejores, aprovechando cuanta desviación del camino le proporcionase un buen rodeo, cuando pasó lo que pasó.
Era un jardín pequeño, pero era el único al que tenía acceso desde su casa. Lo conocía tan bien que se obligaba a fijarse mucho para descubrir algo nuevo cada vez. Esa tarde se había detenido para observar una hoja tierna de hiedra que se asomaba insolente entre un cuidadísimo seto viejo. "No creo que te vuelva a ver" se despidió con ternura acariciándola, "a no ser que sepas ocultarte del jardinero a tiempo y no es propio de las hiedras ser discretas". Por algún motivo este pensamiento la hipnotizó unos segundos en los que notó cómo una pesadumbre antigua la rodeaba. Respiró hondo para salir del embrujo y ya se iba cuando escuchó de repente:
- ¡Ay, ay, ay!
Buscó el origen del lamento en todas direcciones y acabó volviendo sus ojos incrédula a la hoja de hiedra.
- ¡Ay, ay, ay! ¡Pobre de mí! -volvió a oír y esta vez le pareció que sonaba tan alto y claro sobre su cabeza que no pudo evitar mirar al cielo.
- Pero... ¿dónde estás?... No te encuentro -preguntó tímidamente empezando a inquietarse.
- ¡Aquí, aquí! ¿no me oyes?
Mila cortó la respiración para localizar la voz que seguía exclamando ayes sin parar. No podía ser, era absurdo, la voz salía del centro mismo de su pecho.
- ¿Aquí... dentro? -titubeó señalándose asustada el corazón.
- ¡Sí sí sí! ¡Ay, menos mal que me oyes! No sabes el tiempo que llevo esperando que descuides lo demás para que me atiendas a mí ¡Pobre de mí! -y siguió lloriqueando entrecortando los quejidos. Mila había oído hablar de las voces interiores, pero siempre creyó que era tan sólo una expresión. No estaba preparada para escuchar una de verdad sin dudar de su cordura y, a pesar de la pegajosa tristeza que contagiaba ese llanto, sintió mucho miedo y se esforzó en vencer su compasión para salir corriendo.
- ¡Ay! ¿Es que no vas a preguntarme qué me ocurre? - había un matiz de impertinencia en la voz y eso ayudó a que Mila hiciese acopio de toda su sensatez para tomarse el tiempo suficiente antes de responder: "No".
Empezó a caminar con paso rápido para salir del jardín y sin seguir fijándose en nada que no fuese el camino más corto, añadió como para sí:
- Si esto no es una broma o una locura, no hay nada de lo que te pase que desconozca, ni nada que pueda hacer para ayudarte.
- ¡Puedes escucharme! Aunque sea una vez... -dijo la voz mucho más lejana que antes-. Si hoy no quieres, pues, pues... otro día ¿sí?
- ¡No! -gritó Mila muy enfadada, sabiendo que posiblemente no podría volver a pasear por un jardín tranquila nunca más. Jamás se lo perdonaría ni se volvería a descuidar.
- ¡Ay, ay, ay! ¡No puedes hacerme esto! ¡Eres una tramposa! ¡Eres una tramposa! -pero fue inútil que la voz repitiese una y otra vez su reproche, porque Mila ya no la oía ni tenía intención alguna de volver a hacerlo.

Y, colorín colorado, a pesar de lo que ella crea, los paseos de Mila por sus jardines aún no han terminado.

Las Nubes de Armonía

Armonía esperaba que algo pasara. Nada concreto, nada con forma definible pero, por supuesto, algo importante. No lo esperaba por intuición ni por esperanza, ni por el aburrimiento que incita a soñar, ni siquiera por deseo aunque sí lo deseara. Armonía esperaba que pasara algo importante, simplemente, por pura lógica.

Esta hermosísima mujer imposible de no percibir, ya había vivido un cierto trozo de vida y tenía, entre otras, dos suertes: la de resolver su día a día sumando y la de querer acordarse de casi todo lo sumado. Por eso estrenaba con curiosidad las madrugadas y nunca había querido cambiar sus armas de siempre: los ojos, la boca y las manos.

Ah, los ojos de Armonía... unos ojos poderosos y expuestos, abiertos al mundo con tanta curiosidad como apetito que, ya asomasen inquietos o aburridos, se mostraban siempre limpios. Unos ojos dispuestos a descubrir sin buscar, a ver de un primer vistazo, a enfocar lo escondido del resto; capaces de entrecerrarse soñando y perezosos para cegarse o ignorar. Armonía supo desde el principio que unos ojos tan atentos y tan fieles no podrían pasar mucho tiempo sin humedecerse, y por eso había elegido también desde el principio las lágrimas de la emoción; las otras, las más saladas, pocos además de sus perros las habían lamido.

De sus otras armas, una le servía y la otra no. Tenía una única boca para todo: para reír, para protestar, para devorar, para dar bienvenidas, para cerrarse cansada o abrirse atónita, para dejar salir una voz firme y dulce, y para seleccionar, sin querer, a quienes la contemplaban: los que se quedaban en la boca ignorando los ojos, no pasaban de las primeras palabras; los que no podían evitar ir y venir de una a otros, tenían más posibilidades de entrar en los sueños de Armonía. Pero de las manos sólo hacía un uso a medias: sí para trabajar, para sujetar, para acariciar, para guiar y para resguardar todo lo que en ellas cupiese, pero no le servían para mucho más, porque eran incapaces de apartar de golpe, o de detener en seco, o de empujar sin contemplaciones.

El caso es que, ya fuese por sus ojos, por su boca o por sus manos, a Armonía le había pasado siempre igual: en cualquier momento de su trozo de vida, algo ocurría de repente, algo que reclamaba toda su atención y buena parte de su interés, hasta que, también de golpe, le ocupaba por completo y a la vez el corazón y la cabeza. Una nube, como la llamaba Armonía sonriendo con alegre impotencia, una nube en la que instalarse y flotar mientras no se disipase. ¿Y entonces? ¿Y después? eran las preguntas de todos menos suyas... entonces, era el momento de esperar hasta subirse en la siguiente nube. No quería otro remedio.

Y siempre llegaba. Sin buscar, sin creer, sin desear, siempre llegaba la próxima nube de Armonía. Y así, con sus armas de un doble filo desesperante que nunca había necesitado reparar y en las que era imposible que los demás no reparasen, reinando a la vez en los dos únicos mundos que consideraba habitables, así esperaba Armonía que algo importante pasara por pura lógica y al mismo tiempo en lo Mágico y en lo Cotidiano. Y era lógico que lo esperase, ya que tenía una misma y rarísima cualidad en los dos mundos: que Armonía era imprescindible en ambos.

Y aunque mucha gente inmóvil diría "¡qué fatalidad! haber nacido Armonía y querer vivir de nube en nube", yo y los que no queremos evitar flotar sabemos que, si hubiésemos podido elegir, nos habríamos pedido sus tres armas para vivir; para vivir, de verdad, en los dos mundos.

Y colorín colorado, termine o no el cuento, ya hay otra nube que parece que se está acercando.

La pregunta de Papageno

Papageno no podía más. Le dolía todo por la caminata que llevaba recorrida desde que, ya no recordaba cuándo, decidió visitar a la maestra Sinfín para hacerle una pregunta a la que no encontraba respuesta.

A Papageno no le gustaban las preguntas. Bueno, en realidad lo que no soportaba era no conocer las respuestas, por eso, cuando no podía evitar que algo entre interrogaciones se le instalase en el cerebro, no paraba hasta sacarlo a fuerza de razones. Aunque no quisiese y por mucho que se esforzase por esquivarlas, siempre tenía unas cuantas preguntas de las que encargarse, pero de la que más le fastidiaba no poder desembarazarse últimamente, era la de si los cuentos tienen fin.

Todos a quienes había consultado estaban de acuerdo: nadie sabía tanto de términos y terminaciones como la maestra Sinfín; si ella no podía contestarle, esa pregunta se quedaría a vivir definitivamente con Papageno. Así había empezado ese pesadísimo viaje que, según parecía, estaba a punto de acabar.

Cuando, después de repetir de nuevo "¿dónde vive la maestra Sinfín?", le señalaron una casita en la cima de una antipática montaña, Papageno resopló pensando, no por primera ni por centésima vez, que ya podía haber vivido Sinfín un poco más cerca.

Llegó a la casita sin fijarse en nada que no fuese la puerta. Llamó, esperó, volvió a llamar, volvió a esperar, e iba a seguir llamando ya sin esperanza cuando una mano tocó con suavidad su espalda. La maestra Sinfín le sonreía ladeando la cabeza e invitándole con un amable gesto a formular su primera pregunta:
- ¿La maestra Sinfín?
- ¿Papageno?
- ¿Cómo sabes mi nombre? -dijo dejando colar esta segunda pregunta en el lugar de la que venía soportando durante su larga caminata.
- Porque todos a los que conozco me han hablado de tu empeño en encontrarme.
- Es que necesito una respuesta y dicen que tú eres quien puede ayudarme a conseguirla.
- En ese caso necesitaré una pregunta. ¿La tienes?
- ¡Oh, sí! ¿Crees que los cuentos tienen fin? ¿Lo tienen?

Descargada la pregunta y la ansiedad, Papageno pudo reparar un poco en la maestra Sinfín. La observó cruzar y descruzar inquieta los brazos un par de veces, estirarse las mangas de la blusa otras dos y parpadear exagerádamente mientras no dejaba de mantener cada vez con mayor dificultad su sonrisa inicial. Justo cuando Papageno iba a hacer una cuarta pregunta, Sinfín se le adelantó:
- ¿No me dirás que has hecho tan largo y dificultoso viaje para hacerme "esa" pregunta? -y dejó escapar una risilla nerviosa.

A Papageno se le derrumbó el mundo con su mochila y todo. ¿Tan absurda era su pregunta? ¿Tan obvia era la respuesta o, por el contrario, tan difícil? ¿Por qué sonreía de esa forma tan extraña Sinfín? ¿Para qué eran las flores que llevaba en su cesta? De repente, el gesto de la maestra cambió y, sin renunciar al mínimo asomo de sonrisa que le quedaba, frunció el ceño y bajó la mirada aguada hasta los zapatos de Papageno.
- Sí, los cuentos siempre tienen fin -dijo Sinfín con firmeza forzada usando un tono de mal disimulado enfado-. Si no, no serían cuentos, serían sólo ideas -y entró en su casita cerrando la puerta con dudosa cortesía.

No una, sino cien preguntas le entraron de golpe a Papageno en su perplejo cerebro, pero se cuidó muy mucho de osar formular ninguna de ellas. Y así emprendió la pesada caminata de vuelta: con una pregunta menos y cien interrogantes más.

Y, colorín colorado, este cuento, como ya sabe Papageno que tarde o temprano todos, ha terminado.

Las Cosas para Siempre de la Niña Mariana

La Niña Mariana estaba ese día de cumpleaños. Sentada en su cama, miraba con cariño sus Cosas para Siempre. Llevaba tres años haciendo esta colección. La guardaba en una preciosa caja de latón con bonitos relieves que todavía conservaba restos de los colores con que fue pintada hacía mucho, mucho más de lo que ella imaginaba. Era la caja en la que su abuela había guardado sus Secretos de Cocina de Toda la Vida y que le había regalado a Mariana al cumplir los nueve años. “Cuídala”, le había dicho su abuela, “cuídala y cuidará de ti cuando yo ya no esté". Los Secretos de Cocina habían pasado a la madre de Mariana, pero ella había heredado mucho más que la caja.

Cuando le regaló este pequeño cofre de tesoros, su abuela había metido dentro lo que llamó las Tres Recetas Mágicas: la receta que detallaba los ingredientes imprescindibles para hacer Hermosa la Vida, la receta del elixir que garantizaba Saber Querer y la receta de su mejor postre (las Pastas de Aire Dulce) que podía usar para alegrar la mirada de quien lo necesitase, incluida la suya.

La Niña Mariana sabía que tenía en su poder cosas muy importantes y que debía guardar en su caja sólo lo que fuese de igual importancia. Y así había hecho hasta entonces, cada vez que encontraba o descubría algo con lo que quería seguir viviendo, lo guardaba en su caja. Al principio llamó a su colección las Cosas de la Vida, en espera de dar con un nombre más concreto, pero como su colección cada vez era más variopinta y tenía pinta de seguir así siempre, acabó pensando que el mejor nombre sería sin duda “Cosas para Siempre” y con este nombre se quedó.

Durante esos tres años, la Niña Mariana no le había contado a nadie lo que guardaba en su caja y nadie había husmeado en ella.
No es que la escondiese, pero tampoco la enseñaba. Pero ese día, el día de su duodécimo cumpleaños, mientras recontaba sus Cosas para Siempre, la Niña Mariana se sintió por primera vez triste por no compartir sus tesoros, así que se hizo una promesa: Cuando fuese toda una mujer, buscaría con la Lupa de los Latidos a alguien a quien poder contarle sus Cosas y, si antes de eso dejaba de ser niña, le regalaría su caja, sin pensarlo, a los
primeros ojos brillantes que encontrase. Guardó su Promesa en la caja y se sintió mucho mejor. Cerró con cuidado la tapa de latón casi pintada con bonitos relieves y corrió a soplar las velas de su deseo. Y, claro está, se cumplió. Se hizo mujer y siguió siendo niña y compartió sus Cosas con otros Latidos.

Y, colorín colorado, este cuento y el deseo de aire dulce, hace
mucho y poco que ha comenzado.

La mirada del Tritón

Hace tantos años como veces se ha recordado esta leyenda, un Tritón descendiente del primero y conocedor del destino que todos los suyos habían compartido, decidió darle la espalda a su estirpe y no reparar nunca en las Nereidas.

Consiguió que su naturaleza le obedeciera cada vez que su azulada cabellera se erizaba por el canto de alguna sirena, cerró sus fieros ojos a los destellos de sus colas y no volvió ni una vez su olímpica cabeza al compás de las estelas que sus cabellos dejaban entre las olas.

Y así la voluntad reinó la mitad de su vida, hasta que en un ocaso de especial belleza, el Tritón se fijó en una sencilla figura. Era una solitaria mujer temerosa de las profundidades, que buscaba en la orilla cantos rodados para adornar su hogar. Se permitió contemplarla, pues no vio nada en ella que pudiese recordarle ningún pasado del que huir. Cuando pudo salir de la contemplación, el Tritón se había acercado tanto a la orilla que la mujer reparó en su presencia sin tiempo a camuflajes.

Entonces, la mujer lo observó a él y vio a un Tritón desconcertado de mirada de agua limpia y expectante, y sonrió admirada desde su dulce asombro. Por eso y no por la belleza, pudieron seguir acercándose despacio hasta tocarse sin recelo, porque ni la resistencia del Tritón ni la desconfianza de la mujer, tuvieron cabida en esa escena.

Así fue cómo la voluntad legendaria del hijo de Neptuno y la reserva atávica de la hija de Eva, fueron vencidas en un instante de amor. Y así fue cómo el tritón se convirtió en Hombre y la mujer en Sirena y pudieron recorrer juntos todos los mares y todas las tierras.

Y, colorín colorado, así es como este cuento, sin duda, ha
comenzado.

* Basado, ligeramente, en la antigua leyenda nórdica de “Inés y el Tritón"

El Vagón de Cgirl

Cgirl llevaba ya un buen rato caminando. No era demasiado en
realidad, pero a ella le parecía toda una vida. Se dirigía decidida hacia el lugar donde había visto, muy a lo lejos, brillar chispas de colores. Le habían parecido como trocitos centelleantes de arco iris.

Era de día cuando las vio, así que estaba convencida de que
no se trataba de fuegos artificiales. No hubiese caminado tanto por fuegos artificiales, porque aunque le gustaban mucho, eran como de mentira: un ratito de luz y ya, se acabó. No, lo que Cgirl perseguía era algo real aunque se viese tan fantástico. Aunque las colinas las tapasen todavía, estaba segura de que
al traspasarlas, volvería a ver sus chispas de colores.

Desde la cumbre de la última colina (la más pesada de subir),
volvió a verlas. Corrió hacia ellas sin parar y llegó hasta una estación de trenes muy especial. Cada vagón era de un color distinto y al acercarse a otro saltaban chispas mezcladas. Los vagones se movían despacio pero sin parar y Cgirl se quedó fascinada.

Era mucho más bonito aún de lo que se veía desde tan lejos. No
se atrevió a acercarse demasiado y decidió tomarse su tiempo para contemplarlos y elegir a qué vagón se subiría. Entonces, un señor muy serio con un bigote enorme, vestido de revisor y con mirada de buena persona, se puso a su lado y le dijo con voz afable:
- No, Cgirl, el rosa no. Ése no es el tuyo.
- ¡Ah! –se resignó sin darle importancia.
- No, Cgirl, tampoco el ámbar.
- Vaya… -volvió a resignarse con pena- es tan bonito…
- Ninguno de los que ves es el tuyo Cgirl –y no hubo nada
que supiese contestar. Iba a preguntar por qué no era ninguno para ella, pero no se atrevió. Se había acostumbrado a no protestar.
- ¿Quieres ver tu vagón, Cgirl? –en la mirada del revisor
brillaban todas las chispas de colores.
- ¡Claro!
- ¡Claro! –repitió él con alegría-. Pues ¡vuélvete!
- ¿Qué?
- ¡Vuélvete Cgirl! Es justo el que está detrás de ti.

Cgirl giró en redondo y nada más ver su vagón, no pudo parar de girar de felicidad hasta la tercera vuelta.
- ¡Pero…! Pero… ¡Es el más bonito de todos! –gritó emocionada y, claro, no puedo reprimir abrazar con fuerza a tan simpático revisor, ni al vagón, ni a todo el que pasó por su lado antes de subirse a… ¡su vagón!

Y, Colorín Colorado, este colorista Cuento, terminará así,
aunque Cgirl aún no lo sepa.

Éste parece un buen rincón

Sí, creo que éste sí es mi sitio. Espero que resulte tan acogedor como parece.